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Un diamante, ni que decir tiene, es lo que más se agradece. Pero si el diamante es bello, la costumbre dice que "debe" ser montado con platino. La natural luminosidad del platino, en efecto, exalta con discreción el brillo del diamante y de todas las piedras preciosas, sin interferir en modo alguno con su luz natural. Y, además, debido a razones de seguridad: la fuerza y la resistencia del platino ante el desgaste garantizan un engarce más seguro de la piedra preciosa que con cualquier otro metal noble.
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